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15 julio 2011

¿Qué se ve desde la torre más alta de Toronto?

Buenos días por la noche:
Toronto fue incluso mejor de lo que esperábamos, y eso teniendo en cuenta que las expectativas eran altas. Si es que no hay ciudad como esta (aunque Miguel intente hacernos creer que París le da mil vueltas). “Barrer para casa” era la expresión, ¿no?
Kensington Market estaba como cualquier domingo de calorcito: inmejorable, lleno de gente, música, comida de todos lados del mundo, frutas y verduras de colores por todos lados, bicis, hippies y alternativos gafapasta y en general una amalgama de culturas, como un Toronto pequeñito concentrado en un barrio. Como alguien dijo, la experiencia más torontina que podría uno tener es observar a un indio comiendo comida mexicana en Chinatown. Pues Kensington Market es la viva expresión de esa experiencia.
El Mick E. Fynn's, también conocido como el bar de los jueves del año torontino de Nuria, sigue como siempre: con el puerta de siempre, la música de siempre, el camarero borde de siempre, la camarera rubia de siempre, su escote a la vista como siempre, la cerveza de siempre y los precios abusivos canadienses de siempre. Vamos, el Mick E. Fynn's de siempre.
John Du, exvecino de Nuria y futura estrella del mundo del cine, nos llevó a ver los estudios de grabación donde trabaja y donde se graba la serie Warehoure 13 (que parece ser que en Estados Unidos está arrasando aunque en España sólo la conocerá alguna friqui de... pongamos... Rivas).
Los decorados son alucinantes, todo parece real hasta que ves a John Du levantando una viga de hormigón sin mucho esfuerzo, te acercas a tocarla y ves que es de corcho.
En uno de los edificios de los estudios estaban grabando un capítulo de la serie y tuvimos la oportunidad de observar un rato desde la oscuridad y el anonimato y la conclusión es que los estudios de grabación son un estrés absoluto. Es como el metro en hora punta, solo que con decorados chachis y bandejas con comida.
Fuimos también a pasear a la playa grande de Toronto (para los que no estéis al corriente de la situación exacta de la ciudad, las playas están en el Lago Ontario, no en el mar, por lo que son pequeñas en general), y John Du nos llevó a Little India a cenar en el patio del restaurante indio más famoso de Toronto. Nada más entrar uno se da cuenta de que va a cenar bien porque está lleno de indios, y que un restaurante esté lleno de locales siempre es buena señal, así que degustamos las riquitudes indias y después tomamos el postre en el restaurante pakistaní de enfrente.
Al volver nos habíamos quedado sin plaza para el coche en el patio trasero/parking y fue toda una odisea explicarle a la china que no hablaba inglés que habíamos pagado el parking y por nuestras narices íbamos a tenerlo (ya que se empeñaba en que aparcásemos en la calle, donde estaba prohibido aparcar, y nos levantásemos a las 7 de la mañana a mover el coche). Finalmente, acabó despertando a un pobre chico que tuvo que salir a apretujar su coche para dejarnos un hueco.
Finalmente, y después de unas cuantas horas al volante y de un control muy exhaustivo en la frontera (¿Sabíais que las naranjas canadienses están prohibidas en EEUU? ¡¡¡Obama, devuélvenos nuestras dos naranjas!!!), hicimos noche en un motel de carretera por primera vez (aunque no os lo imaginéis decadente y con el coche en la puerta de la habitación en plan peliculero porque no era así para nada).
Ayer entramos por fin en Chicago, donde curiosamente para ser la ciudad del viento...hacia un viento que chicagas. Patapam psshhh.
Esta última frase es prueba fehaciente de que no estamos en condiciones de seguir escribiendo, así que nos vamos a la cama, que ya son horas.
Seguiremos informando.

(Aparcamiento para bicis de Kensington Market)


(Al amor, de frente y después la primera a la derecha)


(Coche-maceta de Kensington Market)


(Nuria poniéndole ojitos a una minitarta de queso y cerezas)


 (Victoria University, en la University of Toronto, la antigua facultad de Nuria)

12 julio 2011

De francofonía a anglofonía y tiro porque me toca

Buenas tardes por la mañana:
Una vez más han pasado siglos desde que escribimos, pero esta vez la culpa no es directamente nuestra (cargamos con la culpa sólo de manera indirecta): nuestro portátil murió nada más llegar a Montreal porque uno de los dos, no diremos quién aunque fue Miguel, lo cogió por la pantalla para salvarlo de una caída inminente, provocando así que la pantalla se rompiera por dentro y el ordenador quedase inutilizable.
Pero bueno, la cuestión es que ya está todo solucionado y podemos volver a escribir, tal y como nos pide el público enloquecido desde las gradas. Y menos mal que podemos volver a escribir, que si no os quedaríais sin saber que hemos presenciado un infarto (de hecho, Miguel estaba ayudando al señor del infarto a llegar hasta su coche cuando se desplomó, pero cuando llegó la ambulancia el hombre estaba consciente y su mujer bastante entera, así que creemos que todo acabó bien), que hemos liberado heroicamente a un pájaro que estaba atrapado en las garras de un ovillo de hilo de pescar o que de repente no estamos en Toronto sino en algún lugar de China donde nadie habla nada más que chino.
Lo primero haremos un resumen de Montreal para que no os quedéis con las ganas. Hemos de decir que tuvimos un excelente guía que nos enseñó y explicó, a pesar de la lluvia y con todo lujo de detalles, los mejores sitios de la ciudad.
Aprovechamos para volver a dar las gracias a Pablo el superjefe por haber sacado tiempo para enseñarnos Montreal a pesar de que Voldemort estaba acechando a una de sus alumnas (para los friquis de Harry Potter como nosotros podemos aclarar que la mencionada alumna se aloja en casa de Bathilda Bagshot. Para los no-friquis aclaramos que es la ancianita que en realidad era una serpiente en la última película).
Montreal es una de esas ciudades difíciles de explicar, puesto que su encanto no reside en la ciudad en sí sino en la mezcla de la ciudad con la gente y el ambiente que eso genera. A pesar de la lluvia se veía que era una ciudad con vidilla y por la que resulta agradable pasear. Además, tiene río, y las ciudades con agua siempre ganan mucho mucho mucho, y el parque del Mont Royal, que no es un parque como todos tenemos en mente, sino un trozo de monte en medio de la ciudad. Imagináos un trocito de La Pedriza en lugar de El Retiro. Pues eso es el parque del Mont Royal (de donde toma el nombre la ciudad, por cierto).
Pablo nos llevó a cenar a Schwartz's http://www.schwartzsdeli.com/index2.html, un local situado donde antes estaba el barrio judío en el que se pueden comer unos sandwiches de carne ahumada con mostaza que está de rechupete. El sitio es cutre y viejo pero la comida está bien y tiene bastante fama entre montrealeños y turistas.
En cuanto al albergue en general bastante decente, pero con algunas curiosidades. En primer lugar nos robaron una cerveza que teníamos en la nevera y nos cogieron las demás de la habitación y las metieron a la nevera a enfriar, así que nos las llevamos de allí y dejamos una notita muy amable a los ladrones. En segundo lugar las habitaciones tenían literas de tres pisos... ¡sin escalera! Básicamente había que pisar los colchones de abajo para llegar al de arriba y con las mantas uno, además de abrigarse, podía lijarse las uñas de los pies. En tercer lugar: el perro.
El propietario del albergue de Quebec y el de Montreal era un señor con un perro omnipresente, Skipy, con el que coincidimos tanto en Quebec como en Montreal. Hasta ahí todo normal, pero hay que añadir que las paredes, las mesas y la página web están llenas de fotos e incluso cuadros del perro como muestra de la obsesión enfermiza del señor con el perro.
Pasemos a Ottawa. Nos habían dicho que con un día bastaba y no podían estar más equivocados: nos sobraron 21 horas (y porque fuimos al supermercado). Imaginaos Alcobendas o cualquier ciudad periférica. Ponedle un parlamento muy chachi, un canal y dos museos (todo al lado) y eso es Ottawa. Eso sí, merece la pena ir sólo por el parlamento y las vistas desde su torre del reloj.
Es muy interesante el equilibrio del parlamento entre la tradición anglófona y la francófona de Canadá: la simetría es total entre retratos de reyes franceses y británicos, salas y pórticos dedicados a la francofonía y a la anglofonía e incluso hay un sitio muy camuflado reservado para los intérpretes en el Senado y la Cámara de los Comunes (ambos en el mismo edificio pero uno en cada ala, como en el Capitolio de EE.UU.) puesto que las dos lenguas son oficiales en el país.
Nuestra visita acabó mal y pasamos la noche en la cárcel. Nos explicamos. La visita acabó mal por un tío brasas que había en nuestra habitación que se empeñó en dar por saco y reírse de nosotros diciendo que en España vivimos en el pasado y que deberíamos mandar a nuestros políticos a Estados Unidos a aprender cómo se hacen leyes de verdad para pasar al siglo XXI.
Lo de dormir en la cárcel no tiene nada que ver con su asesinato, que no cometimos salvo en sueños, sino con que el albergue era una antigua cárcel (donde, por cierto, se ajustició al último condenado a muerte de Canadá).
Al día siguiente visitamos brevemente la zona de las Thousand Islands (una zona de lagos e islas muy bonita donde la gente que tiene casas en las islas solamente puede acceder a ellas por el agua, por lo que todas las casas tienen garaje para la lancha) y dormimos en un camping al pie de un lago con unos vecinos de lo más majo.
Finalmente llegamos a Toronto, donde por el momento hemos disfrutado del ambiente callejero de un domingo en Kensington Market, un barrio medio hippy donde los domingos todo el mundo sale a la calle, los bares y restaurantes ponen las terrazas para que los clientes disfruten de comida de todos lados del mundo al ritmo de la música callejera de artistas locales. Comimos, como ya viene siendo tradición (nota para quien no lo sepa: Nuria vivió en Toronto durante un año), en el restaurante chileno con el mejor pastel de maíz del mundo mundial y nos desquitamos con una cookie de chocolate blando y nueces de macadamia y con una mini tarta de queso y cerezas, todo de My Market Bakery, una pastelería bastante barata y con una variedad inimaginable de panes, cookies y todo tipo de dulces.
Estamos alojados en una casa en Chinatown (al lado del AGO, para quienes conozcan Toronto), en un vencindario muy tranquilito que parece de la periferia, lleno de casas bajas todas diferentes. El problema es que en la casa nadie habla inglés ni español y francés ni nada que no sea chino, por lo que es un poco difícil entenderse con la encargada.
Por último, que sepáis que Torontontero está lleno de parkímetros y es absolutamente imposible aparcar en la calle. Nos hemos visto obligados a aparcar en el patio trasero de la casa en la que estamos (por un módico precio de un riñón al día) en una plaza en la que jamás pensé que podría caber un coche. Y cuando hablamos en plaza queremos decir jardín en el que hay unos nueve coches aparcados de los que sólo dos pueden salir a la calle ahora mismo (y el nuestro es uno... ¡toma!).
Seguiremos informando.

(Montreal desde las alturas)


(Un día, el sida desaparecerá. Mientras tanto tenemos la oportunidad de aprender y crecer... Y debemos hacerlo. Mensaje en el barrio gay de Montreal)


(Canal de Rideau en Ottawa, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO)



(Parlamento de Canadá en Ottawa)


(Senado canadiense con el trono para la reina o el Gobernador General del Reino Unido en Canadá al fondo)


 (Ottawa desde la torre del reloj del Parlamento)


 
(Miguel en la celda de aislamiento del albergue/antigua cárel)

05 julio 2011

¡Pero Québecstás contando!

Buenas noches por la noche:
Es el momento que todos estábais esperando, el momento de contaros el episodio del camping. Pero eso será después de la publicidad...
Al salir de Galway con el sentimiento de que deberíamos habernos quedado a vivir allí para siempre, nos dirigimos a Lake George, un pueblecito turístico a orillas de Lago homónimo que está lleno de restaurantes, tiendecitas, heladerías, gominolerías y cosas por el estilo y, además, tiene playa. Sin embargo, nos pareció que la playa del lago dejaba bastante que desear, puesto que se le daba mucha prioridad a los barcos frente a las personas y la mayor parte del lago estaba reservada para ellos, así que decidimos seguir nuestro camino hasta encontrar un lugar agradable.
Este lugar se llama Schroon Lake y es un pueblo muy pequeño a orillas, una vez más, del lago homónimo, con una playa bastante decente rodeada de arena y césped con mesas de picnic donde disfrutar apaciblemente de una nutritiva lata de maíz y un yogur.
Allí nos quedamos sopa al sol, nos dimos un minibaño y, en definitiva, nos relajamos antes de continuar con nuestro viaje hacia lo que creíamos que sería un bonito camping a orillas de un bonito lago en la bonita zona de los Adirondacks. No podíamos estar más equivocados sobre lo que se nos venía encima: el camping (en Ausable Forks, NY) no era bonito, el lago era un infierno terrenal lleno de mosquitos que tenían que tener mutaciones genéticas porque no hay otra explicación para su tamaño y sí, estaba en la bonita zona de los Adirondaks, más concretamente en una zona específica de los Adirondacks que está llena de agua estancada, bichos gigantes asquerosos y pueblos cuyo único negocio es una tienda de cortinas (true story). No vamos a contar más detalles sobre el camping, pero los mosquitos tan solo son la punta del iceberg, ese lugar inmundo no debería tener la calificación legal de camping.
Varias horas y unas treinta picaduras de mosquito mutante después (de las cuales Miguel solamente tiene seis o siete) huimos de aquel horrible lugar al que no pensamos volver nunca jamás y esperamos que vosotros tampoco.
Después de hacernos con provisiones para varios días en el Walmart más cercano a la frontera con Canadá (que por lo visto es más barato que cualquier otra cosa de la zona porque estaba plagado de quebecoises) y de llenar el depósito con gasolina yanki barata cruzamos la frontera sin más problema que el de tener que esperar una larguísima cola (volvieron a no retener al rárabe, al contrario que la primera vez que intentó entrar en Canadá).
Ya cerca de Québec decidimos acampar en un camping muy majete al que no se le puede poner ninguna pega salvo que la ducha era de pago y no teníamos dólares canadienses (aunque probablemente habríamos esperado a llegar a Quebec igualmente porque la pela es la pela).
A las seis de la mañana nos despertó la fuerte tormenta que estaba cayendo, pero pudimos comprobar felizmente que nuestra tienda de campaña hiperbarata resiste la lluvia sin problemas (de momento).
Dejó de llover, salió el sol, la tienda de secó y pudimos recogerla y todo fue felizmente hasta que llegamos a Quebec y decidimos que la mejor opción era comerse el coche con patatas dada la falta de aparcamiento gratuito. Absolutamente toda la ciudad es zona de pago durante el día y adem­ás solamente se puede aparcar durante una hora incluso pagando, así que nos ha tocado pagar parking. A cambio no cenaremos (es broma, mam­ás).
De ninguno de los dos campings hay pruebas gráficas, así que tendréis que fiaron de nuestra palabra. En el primero intentamos sacar la cámara pero los mosquitos se congregaron a nuestro alrededor en plan macarra y nos lo impidieron, mientras que en el segundo simplemente no nos dimos cuenta ya que estábamos demasiado ocupados rascándonos las picaduras de mosquito mutante del día anterior.
Pasemos a Quebec. Ciudad pequeña donde las haya en la que puedes andar de un extremo al otro en menos de una hora. Muy bonita, sin embargo, tal y como comentan quienes la califican de ciudad europea en mitad de América.
Paseando por el Vieux Québec uno tiene la sensación de estar en cualquier capital de provincia europea. Es especialmente recomendable la calle St. Jean, llena de tiendecitas, bares, pubs, restaurantes y ambiente (esta noche comprobaremos si el ambiente sigue allí mientras cenamos un plato de poutine, una comida típica de Quebec), pero en general todo el casco antiguo y la colina del parlamento merecen mucho la pena a pesar de las endiabladas cuestas.
Eso sì, el acento quebecois merece una mención especial en esta entrada puesto que es absolutamente imposible de descifrar nada de lo que dicen con esas vocales tan extrañas que utilizan.
Quebec nos gusta, pero la verdad es que con un día se puede visitar tranquilamente.
Próxima parada: Montreal.

 (Edificio del gobierno federal de Canadá)

 
(Frase sobre una de las cuarenta sillas que la ciudad de Montreal le regaló a Quebec por el 400 aniversaio de la ciudad)


(Andén nueve y tres cuartos à la québecoise)


(Adornos tallados a mano de una tienda en la que es navidad todo el año. ¡Pero québecstás contando!)


(La bandera de nuestros futuros centros de trabajo)


(Parlamento de Quebec)